Trump 2.0: un año de poder sin rumbo y un país gobernado desde la amenaza
A un año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Estados Unidos no celebra logros sino enfrenta amenazas arancelarias, venganzas políticas y una volatilidad económica que dibuja un país poderoso, pero profundamente incierto bajo el mando de Trump 2.0.
No hay celebraciones, ni balances optimistas, ni mensajes de unidad nacional. A unas horas de que se cumpla el primer aniversario del regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, lo que domina el ambiente político y económico no es la estabilidad, sino una sensación persistente de zozobra.
Trump volvió al poder prometiendo orden, fuerza y prosperidad, pero doce meses después, el saldo es un país poderoso que camina sobre terreno inestable, gobernado desde la advertencia, la confrontación y el cálculo personal.
Este segundo mandato —autodenominado por sus propios seguidores como Trump 2.0— no ha buscado corregir excesos del pasado. Al contrario, ha profundizado una lógica de gobierno donde la amenaza sustituye al diálogo, la revancha política desplaza a la institucionalidad y la incertidumbre se convierte en método.
Gobernar desde el conflicto
Desde el primer trimestre de su regreso a la Casa Blanca, Trump dejó claro que no tenía intención de suavizar su estilo. Su presidencia se ha caracterizado por amenazas arancelarias constantes, anuncios intempestivos y decisiones que parecen más orientadas a enviar mensajes de poder que a construir consensos.
La economía estadounidense, lejos de fortalecerse bajo una estrategia clara, ha tenido que adaptarse a una volatilidad innecesaria. Mercados nerviosos, cadenas de suministro tensionadas y empresas sin capacidad de planear a largo plazo se han convertido en daños colaterales de una política comercial agresiva que privilegia la confrontación sobre la previsibilidad.
Trump no gobierna para reducir la incertidumbre: gobierna para usarla. Así pareciera ser su estrategia fundamental.
Aranceles como arma política
Uno de los sellos más visibles de este primer año ha sido el uso sistemático de los aranceles como herramienta de presión. No se trata solo de una política económica, sino de una estrategia de control político. Trump ha vinculado el comercio con la migración, la seguridad, el narcotráfico y hasta con lealtades diplomáticas.
México ha sido uno de los principales blancos. Bajo el argumento de frenar el tráfico de fentanilo y la migración irregular, la administración estadounidense anunció aranceles del 25% a productos mexicanos, una medida que sacudió a industrias clave en ambos lados de la frontera.
Aunque se alcanzaron prórrogas temporales tras negociaciones de alto nivel, el mensaje fue claro: la relación bilateral está sujeta al humor político de Washington.
Es así que con estas medidas y amenazas, para México, Trump no es un socio estratégico, sino una variable de riesgo permanente.

La relación con México: pragmatismo forzado
A lo largo de este año, la relación entre México y Estados Unidos ha transitado por una tensa normalidad. No hay ruptura abierta, pero tampoco confianza. Cada negociación se siente provisional, cada acuerdo parece tener fecha de caducidad.
Trump ha dejado entrever que el T-MEC puede ser reconfigurado, debilitado o incluso utilizado como moneda de cambio en futuras disputas. Para la economía mexicana —altamente integrada a la estadounidense— esta lógica representa un escenario complejo: inversión contenida, exportaciones bajo amenaza y una diplomacia obligada a administrar crisis en lugar de planear desarrollo.
La frontera norte se ha convertido en un tablero político donde Trump mueve piezas sin medir costos regionales.
El Nobel de la Paz y la confesión más reveladora
Quizá el episodio más simbólico de este primer año ocurrió fuera de los reflectores tradicionales. En una carta enviada al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre, en donde Trump afirmó que, tras no recibir el Premio Nobel de la Paz, ya no se siente obligado a “pensar únicamente en la paz”.
La frase, más allá de su tono personalista, expone una visión inquietante: la paz como incentivo, no como principio. La diplomacia internacional, bajo esta lógica, deja de ser una responsabilidad de Estado para convertirse en un reconocimiento que se cobra.
En lugar de moderar su discurso, Trump lo radicalizó. Amenazó con más aranceles, presionó a aliados europeos y reactivó ideas que tensan el equilibrio geopolítico global. No fue un desliz retórico: fue una declaración de intenciones.

Venganzas, polarización y desgaste institucional
En el ámbito interno, Trump ha utilizado su regreso al poder para ajustar cuentas. Funcionarios, agencias y sectores que considera adversarios han enfrentado recortes, investigaciones o marginación política. La línea entre gobierno y vendetta se ha vuelto cada vez más difusa.
Las protestas ciudadanas, las críticas desde el ámbito académico y la preocupación de organismos internacionales reflejan una democracia tensionada, donde el poder ejecutivo expande su margen de acción mientras los contrapesos luchan por mantenerse vigentes.
Estados Unidos no está en crisis abierta, pero sí en desgaste constante.
Conflictos internacionales: Trump vs. el mundo
Si hay algo que resume el primer año del regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, es que su gestión no ha sido un simple ejercicio de política exterior, sino una ronda de tensiones abiertas y amenazas sin precedentes que amenazan no solo la estabilidad regional, sino el orden diplomático global.
Desde Sudamérica hasta Europa, pasando por el Ártico y el Caribe, la estrategia trumpista ha estado marcada por uso de fuerza, presión geopolítica y una lógica de confrontación constante.

Venezuela: intervención militar y captura de Maduro
El conflicto más dramático y de mayor alcance comenzó a inicios de enero de 2026, cuando Estados Unidos ejecutó una operación militar en Venezuela, denominada por Washington como Operación Determinación Absoluta.
En ese operativo, aviones estadounidenses bombardearon instalaciones en Caracas y otras zonas estratégicas del país, y —según reportes oficiales de la Casa Blanca— el presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores fueron capturados y trasladados a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo y tráfico de drogas.
Aunque el gobierno estadounidense presentó la operación como un golpe contra el crimen organizado y el narcotráfico, la acción fue ampliamente condenada por gobiernos de América Latina y Europa, que la calificaron como una violación flagrante de la soberanía nacional venezolana y del derecho internacional.
Líderes como el presidente de Chile, Gabriel Boric Font, han condenado la intervención y exigido soluciones pacíficas a la crisis venezolana, lo que muestra la profunda división hemisférica ante la política exterior de Washington.
Tras la captura de Maduro, Trump no se detuvo en Caracas. En un mensaje desde el Air Force One, advirtió que “si no se portan bien”, Estados Unidos estaba dispuesto a lanzar un segundo ataque contra Venezuela y advirtió a otros gobiernos de la región que no cooperen o que “no se comporten”, lo que fue interpretado como una amenaza de expandir el conflicto a otros países latinoamericanos.
Amenazas a Colombia, Cuba y México
Desde el mismo episodio en Venezuela, Trump dirigió advertencias públicas a varios países vecinos. Colombia fue mencionada específicamente cuando el presidente estadounidense señaló que veía “bien” una operación militar en ese país, sugiriendo que el gobierno de Bogotá, liderado por Gustavo Petro, estaba involucrado en actividades que “no durarán mucho tiempo”.
Cuba también fue objeto de pronunciamientos: Trump sostuvo que la isla, dependiente históricamente del petróleo venezolano, enfrentaba un colapso económico inminente sin ese apoyo, y sugirió que la caída del régimen de La Habana era inevitable, aunque sin anunciar una intervención militar formal.
Además, múltiples reportes internacionales destacaron que Trump emitió advertencias dirigidas también a México por su relación con Venezuela y por no “alinearse suficientemente” con los intereses estratégicos de Estados Unidos, aunque no detalló acciones concretas más allá de mantener una política de presión.
Groenlandia: amenazas, aranceles y el riesgo de ruptura transatlántica
Quizá ninguna disputa haya causado tanta alarma en Europa como la obsesión de Trump con Groenlandia, un vasto territorio autónomo de Dinamarca en el océano Ártico que históricamente ha sido visto como una pieza estratégica en la geopolítica global.
También en los primeros días de enero de 2026, Trump anunció que impondrá aranceles a ocho países europeos —incluyendo Dinamarca, Alemania, Francia, Reino Unido, Noruega, Suecia, Países Bajos y Finlandia— si estos no accedían a que Estados Unidos comprara “completamente” Groenlandia. Comenzando con un 10% en febrero y subiendo hasta un 25% en junio, estos gravámenes fueron presentados como instrumentos de presión para forzar una cesión del territorio.
En respuesta, países europeos repudiaron la iniciativa, calificándola de inaceptable y peligrosa para la paz mundial, mientras la Unión Europea estudia represalias que incluyen aranceles de hasta 108 mil millones de dólares a exportaciones estadounidenses.

El primer ministro de Groenlandia fue categórico al afirmar que la isla “elige Dinamarca, la OTAN y la UE”, rechazando las presiones de Washington para una transferencia de soberanía.
Lo más crítico de esta crisis no es solo la cuestión territorial, sino que una potencia aliada del bloque de la OTAN ha mostrado públicamente disensión con la Casa Blanca, algo que tradicionalmente se consideraba impensable. Líderes europeos han advertido que cualquier intento de anexión podría poner en riesgo la existencia misma de la Alianza Atlántica, un pilar de seguridad occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Además, el conflicto ha provocado protestas masivas —incluyendo miles de manifestantes en Dinamarca y Groenlandia denunciando las amenazas estadounidenses— y ha reforzado una narrativa hostil hacia Trump en el continente europeo.
Un aniversario sin certezas
Al cumplirse un año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el balance no es de reconstrucción ni de estabilidad. Es el de un país que sigue siendo poderoso, pero que hoy proyecta dudas hacia dentro y hacia fuera.
Trump ha sido consistente en algo: en mantener la imagen que él mismo construyó. La de un líder impredecible, confrontacional y dispuesto a usar el poder como mecanismo de presión antes que como herramienta de equilibrio.
El problema no es solo Trump. Es el escenario que deja: un Estados Unidos más temido que confiable, más reactivo que estratégico, y un entorno global que se prepara no para cooperar con Washington, sino para protegerse de sus decisiones.
El segundo año de Trump 2.0 comienza sin promesas claras. Solo con advertencias. Y eso, para el país más poderoso del mundo, ya es una señal alarmante.


