Minnesota como punto de quiebre: cuando la resistencia civil obliga a Trump a recalibrar

La crisis en Minnesota expuso los límites de la estrategia de Trump: protestas, evidencia en video y presión social forzaron un repliegue federal.

Gabriel Peña ·  27 DE ENERO DE 2026
Cuando la calle obliga al poder a retroceder.

Lo ocurrido en Mineápolis no es un episodio aislado ni una crisis local. Es un punto de quiebre político que revela los límites del enfoque coercitivo del segundo gobierno de Donald Trump en materia migratoria y de seguridad interna. Por segunda vez en semanas, un civil murió a manos de agentes federales en la misma ciudad. Por segunda vez, la narrativa oficial fue desmentida por videos. Y, por primera vez en este nuevo ciclo político, la Casa Blanca tuvo que ceder públicamente.

El asesinato de Alex Pretti —enfermero, ciudadano sin antecedentes penales y ejecutado frente a cámaras— activó un fenómeno que el trumpismo ha sabido esquivar durante años: la pérdida del control del relato nacional. Cuando la evidencia visual contradice al poder, la retórica deja de ser suficiente.

La grieta en la narrativa de “orden y seguridad”

La estrategia inicial del gobierno fue predecible: criminalizar a la víctima, magnificar una supuesta amenaza y blindar a las fuerzas federales. Funcionó en otros momentos. Esta vez no. Los videos no solo mostraron que Pretti no atacó a los agentes, sino que humanizaron a la víctima: un enfermero que intentaba proteger a una mujer y cuyas últimas palabras fueron “¿estás bien?”.

Ese detalle es políticamente devastador. Rompe la dicotomía simplista de “agentes vs. criminales” y coloca al gobierno en el lugar del agresor. El uso reiterado de la etiqueta “terrorista” contra ciudadanos comunes, además, empieza a perder eficacia discursiva y a generar fatiga moral incluso entre aliados republicanos.

El repliegue táctico de Trump: ceder sin admitir derrota

El envío de Tom Homan como “mediador” y el retiro parcial de agentes federales de Mineápolis no deben leerse como gestos de conciliación, sino como una corrección estratégica. Trump no admite errores; ajusta correlaciones de fuerza. El cambio de tono hacia el gobernador Tim Walz y el alcalde Jacob Frey revela que el costo político de mantener la confrontación superó los beneficios.

Más relevante aún es que el repliegue no fue provocado por presión institucional inmediata, sino por movilización social sostenida, amplificada por sindicatos, organizaciones civiles y redes nacionales de resistencia no violenta. En términos políticos, es una señal de alerta para la Casa Blanca: la calle vuelve a ser un actor con capacidad de modificar decisiones federales.

Fisuras dentro del aparato de seguridad y del Partido Republicano

El malestar no se limita al exterior del gobierno. Reportes de oficiales activos y retirados del ICE y la Patrulla Fronteriza evidencian desgaste interno, dudas operativas y preocupación por la legalidad de ciertas tácticas. Cuando los propios ejecutores del poder empiezan a cuestionar la misión, el problema deja de ser comunicacional y se vuelve estructural.

El retiro del candidato republicano Chris Madel, junto con críticas abiertas de legisladores conservadores en el Congreso, confirma que el tema migratorio —tradicionalmente capitalizado por Trump— ya no es un terreno políticamente seguro. El señalamiento de prácticas inconstitucionales y perfilamiento racial introduce un riesgo que el trumpismo suele evitar: perder legitimidad ante votantes moderados.

De Mineápolis al país: el efecto multiplicador

Lo que convierte este episodio en algo mayor es su capacidad de replicarse. Las protestas en Maine, la presencia de gobernadores en marchas y la coordinación nacional de talleres de resistencia indican que Mineápolis se ha transformado en modelo organizativo, no solo en símbolo.

A diferencia de ciclos anteriores, la resistencia actual se articula bajo una consigna clara: no violencia disciplinada, documentación constante y presión política focalizada. Esto reduce el margen del gobierno para justificar represión y complica el uso del caos como argumento de control.

El dilema estratégico de Trump

Trump enfrenta un dilema clásico del poder coercitivo: insistir y radicalizarse, arriesgando una erosión mayor de legitimidad, o replegarse selectivamente, aceptando límites operativos sin modificar el fondo de su política. Minnesota sugiere que, por ahora, optó por lo segundo.

Sin embargo, el precedente está ahí. Si una ciudad logró forzar un ajuste táctico, otras pueden intentarlo. Y en un año donde la gobernabilidad depende tanto del control narrativo como del uso de la fuerza, la resistencia civil organizada vuelve a ser una variable central.

Mineápolis dejó de ser solo un escenario de conflicto. Se convirtió en un recordatorio incómodo para la Casa Blanca: incluso en un gobierno acostumbrado a imponer, el poder también retrocede cuando la sociedad se organiza.

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