La ciudad brutalista

La CDMX es un museo vivo del brutalismo. Del Tamayo a CU y Tlatelolco, esta columna explica cómo el concreto definió su cultura y por qué vuelve a ser tendencia en 2025.

Rodrigo Historias Chidas ·  27 DE NOVIEMBRE DE 2025
Auditorio Nacional: monumentalidad sin adornos.

Si creciste en la Ciudad de México, ya viste brutalismo aunque no le pusieras nombre: esos edificios de concreto a la vista, tan serios que parecen decir “aquí no venimos a posar”. Lo bonito y lo práctico del brutalismo es justo eso: cero disfraces. Nació en la posguerra (la Segunda Guerra Mundial obviamente) como un “basta” a la ornamentación gratuita y un “sí” a la estructura honesta. En México nunca fue escuela ni dogma, pero dejó huellas profundas: cultura, educación, deporte, investigación… lugares que usamos diario sin solemnidad, como si siempre hubieran estado ahí.

El mapa se empieza a leer fácil si arrancamos en Chapultepec. El Museo Tamayo no está “plantado” en el bosque: emerge. Sus planos de concreto con piedra triturada suben como terrazas prehispánicas; dentro, la luz se filtra suave y el arte respira. Camina diez minutos y el Auditorio Nacional te da la otra cara: una carcasa monumental, poderosa, sin una sola floritura de más, brutalismo a la chilanga, pensado para aguantar décadas de conciertos, marchas y fotos familiares los domingos.

Baja al sur y el lenguaje se vuelve campus. En Ciudad Universitaria, varias piezas juegan la gramática del concreto con una lógica muy práctica: aislar ruido, controlar luz, regular temperatura. En el Centro Cultural Universitario lo notas al instante: salas de concierto y teatros que funcionan como máquinas precisas, por fuera sobrios, por dentro impecables para escuchar y ver. Sigue por Periférico Sur y asoman otros conjuntos académicos de la misma estirpe: edificios que no “gritan” con vidrio, susurran con masa.

Luego está el capítulo de Agustín Hernández, nuestro poeta del concreto. Su casa-taller parece flotar, como si la gravedad la hubiera perdonado; más al sur, sus complejos académicos y militares trabajan con prismas, rampas y volúmenes pesados que, paradójicamente, se sienten ligeros. Es brutalismo con imaginación: estructura convertida en escultura habitable.

Y sí, el brutalismo también se entiende desde la calle. En Tlatelolco, más allá de etiquetas puristas, uno camina entre placas y pórticos y la ciudad te explica por qué el concreto fue el idioma de la modernización: rapidez constructiva, costos razonables, mantenimiento sencillo, resistencia al tiempo. Esa mezcla de eficiencia e identidad explica por qué tantas instituciones apostaron por él: bibliotecas, escuelas, museos, auditorios. No es pose; es logística con carácter.

¿Que por qué reivindicarlo en 2025? Porque la moda de las “fachadas con pantallita” se olvida de algo esencial: arquitectura es espacio, luz, estructura y suelo. El brutalismo, bien hecho, te da eso sin pedir disculpas. Entra al Tamayo en un mediodía de calor y vas a sentir la inercia térmica; párate bajo un volado del Auditorio cuando llueve y vas a agradecer la masa; escucha un ensamble en una sala pensada como caja de concreto y vas a entender por qué a veces lo silencioso dura más.

No todo el concreto aparente es brutalismo ni todo brutalismo nos salió perfecto (hay piezas mal mantenidas o mal copiadas, claro). Pero si afinas el ojo, la ciudad te regala una guía gratuita: planos limpios, juntas honestas, huecos bien calzados, sombras profundas. Lo brutalista no busca ser “lindo”, busca ser claro. Y esa claridad, en una capital que cambia de piel cada seis meses, se agradece.

Cierra con un paseo simple: bosque, museo, auditorios, campus y calle. Mira cómo el sol lima los volúmenes durante el día y cómo, de noche, el concreto se vuelve telón. La “ciudad brutalista” no es nostalgia: es la CDMX recordándonos que también sabe hablar sin maquillaje y, aun así, conmover.

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