La inteligencia artificial no es peligrosa. Peligroso es no saber qué pedirle.
La inteligencia artificial no decide ni piensa por sí misma. El verdadero riesgo está en usarla sin criterio y sin saber hacer buenas preguntas.
La inteligencia artificial avanza de forma tan vertiginosa que pareciera que el Will Smith comiendo espagueti deformado ocurrió en otra vida. Hoy ya no nos preguntamos si algo fue hecho por una IA o por una persona: lo asumimos, lo aceptamos y seguimos scrolleando. El asombro duró lo mismo que un episodio de Los Simpson antes de que Homero vuelva a arruinarlo todo.
Pero el verdadero problema no está en los videos falsos, ni en las imágenes hiperrealistas, ni siquiera en que una voz clonada pueda pedirte dinero con el tono exacto de voz de tu mamá. El problema real es otro, más silencioso y mucho más cotidiano: creer que la IA funciona sola, que piensa sola, que decide sola…, cuando en realidad es profundamente obediente.
La inteligencia artificial no es Skynet. Es más bien como ese becario brillante que puede hacerte el mejor trabajo de tu vida…, o arruinarte el proyecto completo si no sabes explicarte.
Durante años nos vendieron la IA como un Google más rápido, como una fábrica de imágenes bonitas o como ese amigo complaciente que siempre te dice que sí. Pero la IA no sirve para liberar tareas; sirve para dirigir procesos.
ChatGPT —bien usado— no es un generador de respuestas, sino un asistente de pensamiento. Puede ayudarte a ordenar ideas cuando tu cabeza está saturada, afinar mensajes difíciles sin perder humanidad, preparar conversaciones incómodas, analizar decisiones sin dramatizarlas y, sobre todo, aprender a hacer mejores preguntas.
La ironía es que tememos que la inteligencia artificial nos manipule, cuando en realidad lo único que hace es reflejar nuestra falta de claridad. Si le pides poco, te dará poco. Si le pides mal, te responderá peor.
Usarla bien no es soltarla, es acompañarla. No es darle el volante, es marcarle la ruta. No es pedirle que piense por ti, sino pedirle que piense contigo.
Porque cuando entiendes eso, la IA deja de ser un truco impresionante y se convierte en algo mucho más valioso: una extensión real de tu criterio.
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