Diversas crónicas mencionan la existencia de manantiales en el antiguo Cerro del Tepeyac. Estas fuentes naturales habrían sido esenciales para las comunidades del Valle de México. El agua, considerada símbolo de vida y regeneración, reforzaba la sacralidad del sitio.
Para los pueblos mesoamericanos, el agua estaba ligada a deidades de la fertilidad y la lluvia. Por ello, no era extraño que un manantial fuera visto como un punto de contacto con fuerzas divinas. El Tepeyac, con su cercanía a zonas lacustres, encajaba en este tipo de significado ritual.
Aunque los manantiales ya no brotan a simple vista, estudios geológicos sugieren filtraciones antiguas debido a la composición del terreno. El cambio climático, el drenaje de los lagos y el crecimiento urbano pudieron acabar con estas fuentes. Aun así, su recuerdo persiste en la tradición oral.
Para muchos, estas aguas estaban relacionadas con las peregrinaciones en honor a Tonantzin. Antes de subir al cerro, los devotos realizaban actos de purificación, elemento central en las antiguas prácticas rituales. El agua simbolizaba preparación espiritual.
Crónicas coloniales registraron que el Tepeyac era considerado un lugar sanador, reforzando la idea de que sus fuentes tenían un carácter especial. Aunque no todo puede verificarse, sí se reconoce su profundo valor simbólico. Más allá de la evidencia física, el significado permanece vivo.
Hoy, la memoria de esos manantiales recuerda que el Tepeyac fue un espacio donde la naturaleza y lo sagrado se unían. La idea del agua como elemento espiritual sigue siendo parte del imaginario del cerro.
Un eco de antiguas tradiciones que aún resuena.


