El mundial que nos hizo creer
La eliminación de México dolió, pero el Mundial 2026 dejó algo más importante que un resultado: la esperanza, la unidad y la ilusión de volver a creer.
Mi primer recuerdo de una Copa del Mundo no es un gol. Es una derrota.
Era Estados Unidos 1994 y México acababa de quedar eliminado en penales frente a Bulgaria. Yo era demasiado pequeño para entender cómo funcionaba un Mundial o qué tan lejos estaba nuestra selección de las grandes potencias. Lo único que comprendí aquella tarde fue que el fútbol podía doler. Descubrí, quizá por primera vez, la tristeza de ver terminar un sueño que apenas comenzaba.
Desde entonces el fútbol ha estado presente en momentos muy específicos de mi vida. No soy de quienes viven cada jornada o siguen todas las ligas del mundo. Mi pasión despierta cuando juegan los Pumas o cuando la Selección Mexicana representa al país. Entonces el fútbol deja de ser un deporte y se convierte en un sentimiento compartido.
He visto a México campeón del mundo en categorías juveniles, campeón olímpico y ganador de la Copa Oro. Cada uno de esos triunfos produjo la misma sensación: por un instante parecía que todo estaba bien. Dejábamos de discutir sobre política, inseguridad o economía para celebrar algo mucho más simple: que México había ganado.
Quizá por eso el fútbol resulta tan difícil de explicar.
No cambia la economía ni resuelve los problemas del país. Sin embargo, pocas cosas tienen la capacidad de modificar el estado de ánimo de millones de personas como un balón rodando sobre el césped. Durante noventa minutos desaparecen las diferencias políticas, económicas y sociales. Solo permanece una idea profundamente humana: la posibilidad de que David vuelva a derrotar a Goliat.
Eso fue exactamente lo que ocurrió durante este Mundial.
Después de una fase de grupos impecable, de avanzar sin recibir un solo gol y de eliminar con autoridad a Ecuador, apareció una pregunta que comenzó a repetirse en todas partes.
¿Y si sí?
Tres palabras bastaron para resumir el estado de ánimo de un país entero.
¿Y si sí podíamos competir con cualquiera?
¿Y si sí era posible romper la historia?
¿Y si sí dejábamos de ser la selección que siempre se quedaba cerca?
Durante algunas semanas esa ilusión consiguió algo extraordinario: unir a México.
Cantamos el Himno Nacional con un orgullo difícil de explicar. Personalmente tuve el privilegio de hacerlo cinco veces, siempre de pie y con la emoción de quien sabe que representa mucho más que un partido de fútbol. Nos abrazamos con desconocidos después de cada gol, suspendimos reuniones para seguir los encuentros y volvimos a sentir que, por encima de cualquier diferencia, existía algo capaz de reunirnos bajo los mismos colores.
Eso también es identidad nacional.
Por eso la eliminación frente a Inglaterra dolió mucho más de lo que explica un marcador.
Nunca compartí aquella frase de que «jugamos como nunca y perdimos como siempre». Esta vez vi algo distinto. México compitió de tú a tú frente a una de las mejores selecciones del mundo. La diferencia no estuvo en la entrega ni en el compromiso. Estuvo en esos pequeños errores que, frente a los grandes equipos, suelen decidir una Copa del Mundo. La victoria estuvo al alcance de las manos y terminó escapándose un gol a la vez.
Cuando sonó el silbatazo final sentí que el Mundial había terminado, aunque el torneo siguiera para los demás. Porque para millones de mexicanos el verdadero objetivo nunca fue conocer al próximo campeón del mundo. Era ver a nuestra selección escribir la página más importante de su historia.
No ocurrió.
Todavía no.
Pero sería profundamente injusto reducir este Mundial a una eliminación.
México encontró una selección que volvió a competir sin complejos. Julián Quiñones hizo suyo el escudo con cada carrera; Gilberto Mora confirmó que el futuro ya comenzó; Raúl Rangel transmitió seguridad bajo el arco, y Rafa Márquez consiguió algo que parecía incluso más difícil que ganar partidos: devolverle credibilidad a la camiseta nacional.
Esa, quizá, sea la mayor victoria de este verano.
Porque México necesita crecimiento económico, instituciones más fuertes y mayor seguridad. Pero también necesita algo que ningún indicador puede medir y que, sin embargo, sostiene a cualquier sociedad que aspira a ser mejor: la capacidad de creer.
Durante unas semanas olvidamos nuestras diferencias para compartir una misma ilusión. Descubrimos que todavía somos capaces de emocionarnos, de abrazarnos con desconocidos y de imaginar que lo imposible puede ocurrir.
No levantamos la Copa del Mundo.
Pero esta Selección nos recordó algo que vale mucho más que un resultado.
Los Mundiales terminan.
La esperanza de un país no debería hacerlo.


