Hasta que la junta nos separe: si yo voy a perder 90 minutos de mi vida, aquí sufriremos todos

Las juntas improductivas consumen horas, energía y dinero. Una mirada con humor al exceso de reuniones y cómo recuperar tiempo para trabajar.

Ana Martínez Ponce ·  19 DE AGOSTO DE 2026
Juntas improductivas: cuando pudo ser un correo.
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Mi mamá tiene una teoría sobre el matrimonio que probablemente jamás aparecerá en un libro de Walter Riso. Después de décadas de casada con mi papá, alguna vez la escuché decir con la serenidad de una mujer que ya cruzó el desierto, vio a Dios y decidió regresarse:
“Yo me quedé en este matrimonio… pues ahora aquí nos vamos a joder todos.”

Y debo reconocer que durante mucho tiempo pensé que aquello era simplemente una peculiar filosofía conyugal.
Hasta que entré al mundo corporativo……..Entonces lo entendí.
Mi mamá no estaba hablando del matrimonio……..Estaba describiendo una junta. Porque existe un momento en la evolución profesional en el que alguien abre Outlook, crea una reunión de 90 minutos y piensa exactamente lo mismo:
“Si yo tengo que estar aquí… aquí nos vamos a joder todos.” Agregar invitados:
Operaciones.
Finanzas.
Recursos Humanos.
Comercial.
Marketing.
Legal.
Tecnologías de la Informacion.
Dirección.
Patricia.
¿Quién es Patricia? No importa.
Patricia se jode con nosotros…
Enviar… y así, en menos de treinta segundos, una persona consigue algo que a los villanos de Marvel les tomó varias películas:
desaparecer colectivamente horas de vida humana. Porque hay empresas donde las juntas ya no son herramientas de trabajo.
Son una especie de matrimonio católico corporativo de los de antes.

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Nadie es particularmente feliz. Nadie recuerda exactamente cómo empezó. Todos fantasean ocasionalmente con escapar. Pero alguien insiste en que hay que permanecer juntos.
Por el proyecto. —¿Realmente necesito estar en esta reunión?
—Sí, para que tengas contexto.
Ah.
Los niños.
Tenemos que permanecer juntos por los niños.
Perfecto.
Nos vemos el martes a las nueve. HASTA QUE TEAMS NOS SEPARE
La invitación llega.
Asunto: Revisión / Seguimiento / Alineación Proyecto.
Duración: 90 minutos.
Asistentes:17 personas.
Objetivo: Misterioso.
Agenda: Inexistente. Material previo: Por supuesto que no.
Aceptas. Porque rechazar una junta en algunas organizaciones tiene aproximadamente el mismo peso social que levantarte en una boda cuando el sacerdote pregunta si alguien se opone al matrimonio.
Así que ahí estamos.
Martes. 9:00 a. m.
Diecisiete personas conectadas.
Bueno. Falta quien convocó.
9:03.
9:05.
9:08.
Finalmente aparece.
—Perdón, perdón. Se me empalmó con otra junta.
Naturalmente. Porque en algunas empresas tener dos reuniones al mismo tiempo no significa que administras mal tu agenda. Significa que eres importantísimo.
—Bueno, si quieren vamos empezando.
Sí queremos, Roberto.
Queríamos desde las nueve.
Pero adelante. Conduce tu Titanic. “¿YA VEN MI PANTALLA?”
Y comienza la ceremonia.
—¿Ya ven mi pantalla? No.
—¿Ahí? Tampoco.
—Qué raro.
Sí, Roberto.
Extrañísimo. La humanidad secuenció el genoma humano. Mandamos robots a Marte. Podemos operar a una persona con un robot ubicado a kilómetros de distancia. Pero Roberto lleva nueve años trabajando aquí y todavía necesita asistencia técnica para compartir un PowerPoint. Finalmente: —¿Ahí?
SÍÍÍÍÍÍÍ.
Aparece.
La presentación.
-37 diapositivas.
-Portada.
-Agenda.
-Objetivo.
-Antecedentes.
-Antecedentes de los antecedentes.
-Contexto.
-Contexto del contexto.
-Una gráfica.
-La misma gráfica en pastel.
Y finalmente una diapositiva titulada:
¿DÓNDE ESTAMOS HOY?

Yo sé perfectamente dónde estoy hoy. En una relación que ya no funciona, pero donde nadie se atreve a pedir el divorcio.
Y apenas vamos en la diapositiva 4. A estas alturas empiezas a hacer cálculos.
Si Roberto tarda siete minutos por diapositiva y faltan 33… mis hijos van a tener que venir a recoger mis restos.
Pero seguimos… Porque esto es un matrimonio serio, por el proyecto.
Aquí no abandonamos a la primera dificultad.

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Llegamos a la diapositiva 19.
Alguien pregunta algo que estaba explicado en la 6.
Regresamos. Diapositiva 6. Roberto vuelve a explicar.
Otro aprovecha:
—Ya que regresamos a este punto, yo quisiera agregar algo…
Claro que sí. Salvemos este matrimonio.
Veintitrés minutos después llegamos nuevamente a la 19.
Entonces alguien pronuncia una de las frases más peligrosas del idioma corporativo:
—Yo nada más tengo una duda… No.
No tienes una duda. Tienes una granada. Y estás a punto de aventarla en medio de la sala.
—¿Esto ya lo vio Dirección? Silencio.
Nooooooo. No lo ha visto Dirección.
Pero gracias por preguntar.
Estábamos a 26 minutos de recuperar nuestra libertad y acabas de involucrar a los suegros.
Roberto responde:
—Todavía no, pero justo queríamos primero alinearnos entre nosotros ALINEARNOS.
Otra palabra maravillosa del dialecto corporativo.
Porque aparentemente llevamos una hora reunidos, pero seguimos emocionalmente chuecos.
Y entonces sucede.
Llegamos al minuto 87.
Ya nadie tiene la misma postura corporal con la que entró.
Uno está acostado sobre la mesa.
Otro dejó de fingir que escucha. Patricia está mirando un punto fijo en la pared y probablemente ya alcanzó un estado superior de conciencia.
Y Roberto dice:
—Bueno, para respetar el tiempo de todos…
¿AHORA?
¿AHORA VAMOS A RESPETAR EL TIEMPO DE TODOS, ROBERTO? El respeto agarró sus cosas hace una hora, pidió un Uber y ya está cenando en su casa.
Pero continúa:
—Creo que salieron muy buenos puntos. Les propongo que agendemos otra sesión para aterrizarlos. ¿Otra?
¿OTRA JUNTA?

Roberto. Este matrimonio ya está muerto. Los niños crecieron. La casa se vendió. El perro se quedó con la abuela…
DÉJANOS IR.
Pero nadie dice eso. Porque somos profesionales. Sonreímos. Asentimos…
—Sí, totalmente.
—De acuerdo.
—Me parece perfecto.

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Y entonces 17 adultos altamente capacitados, algunos con maestrías, equipos a su cargo y decisiones importantes bajo su responsabilidad, abren sus calendarios para encontrar otro momento disponible donde volver a no decidir nada.
Y quizá ahí está el verdadero problema… Porque nos encanta burlarnos de las juntas, pero pocas veces calculamos lo que cuestan.
Una reunión de 90 minutos con 17 personas no consumió 90 minutos.
Consumió 25 horas y media de trabajo. Más de tres jornadas laborales completas. Y si al final no hubo decisión, responsable ni fecha… no tuvimos una reunión… Tuvimos un secuestro colectivo con PowerPoint.

Hemos confundido estar ocupados con ser productivos. Llenamos calendarios como si cada cuadrinieto de color fuera una medalla al mérito ejecutivo.
9:00 junta.
10:30 seguimiento.
12:00 comité.
13:00 alineación.
15:00 revisión.
16:30 reunión para preparar la reunión de mañana.
Y a las siete de la noche alguien dice:
—No pude trabajar en todo el día.

Pues no. Pero conviviste un montón. Y ese quizá sea el punto. Las juntas no son malas. Una buena reunión puede resolver en 30 minutos algo que llevaría tres semanas por correo. El problema es convocarlas por costumbre.
Para informar.
Para “dar visibilidad”.
Para “tener contexto”.
Para evitar tomar una decisión solos. O peor: para repartir la responsabilidad entre suficientes personas como para que, si algo sale mal, nadie recuerde quién demonios dijo que sí.

Quizá antes de mandar una invitación deberíamos hacernos una pregunta brutalmente sencilla: ¿Realmente necesitamos estar juntos para resolver esto? Si necesitamos discutir, decidir, crear, confrontar ideas o resolver un problema complejo, adelante.
Juntémonos. Pero si solamente necesitas contarme algo… Tengo noticias extraordinarias. Existe una tecnología revolucionaria. No necesita licencia premium. No requiere reservar sala. No hay que conectar HDMI. Y Roberto no tiene que compartir pantalla…
Se llama correo electrónico. Porque respetar a las personas también es respetar su tiempo.

El tiempo para pensar. Para ejecutar. Para crear. Para resolver. Para hacer el trabajo por el que, curiosamente, las contratamos.
Y también el tiempo para cerrar la computadora e irse a su casa.

Así que la próxima vez que estés a punto de convocar a 17 personas durante 90 minutos “para alinearnos”, recuerda que quizá no estás construyendo colaboración. Quizá solamente estás reproduciendo aquel viejo modelo matrimonial donde nadie es feliz, nadie sabe ya por qué sigue ahí, pero alguien decidió que separarse no era una opción. “Hasta que la muerte nos separe”
no se dice frente a un altar.
Se acepta en Outlook.

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