Richard Bell, el payaso favorito de Don Porfirio

Conoce la historia de Richard Bell, el payaso inglés que revolucionó el circo en el Porfiriato y cómo su legado conecta con los actuales trends de payasos urbanos en redes sociales.

Rodrigo Historias Chidas · Hace 6 horas
Richard Bell, figura icónica del Porfiriato.

En estos días, mi feed se ha llenado de caras pintadas de payasos cansados y tristes, cantando al ritmo de “ojitos mentirosos”: un trend que, como en chicuarotes (2019), no disfraza la desigualdad sino que la exhibe con lente de barrio. Y mientras veo desfilar esa melancolía pop, recuerdo que la ciudad ya tuvo un payaso que condensó sus tensiones: Richard (Ricardo) Bell, estrella del Circo Orrín y luego empresario de su gran circo, un fenómeno masivo del porfiriato que cruzó plateas y galerías, mezcló sátira con acrobacia y convirtió el humor en espejo, incómodo y fascinante, de una capital en modernización.

Richard Bell Guest nació en Londres en 1858 en una familia circense. Debutó de niño en Lyon y recorrió Europa y América antes de llegar a México; su primera presentación en el país fue en 1869 con el Circo Chiarini. A inicios de la década de 1880 regresó y se convirtió en la gran estrella del Circo Orrín, el circo estable más importante del Porfiriato; después sería socio y, finalmente, fundador de su propio Gran Circo Ricardo Bell. Murió en Nueva York en 1911.

Bell renovó la figura del payaso en México: dejó atrás el clown “blanco” tradicional y adoptó una estética más cercana al pierrot (en México se le llamó “huacaro”), con una mímica y un humor que podían ir del slapstick a la sátira social. Crónicas de la época lo describen como el número estelar del Orrín y un artista que “era más popular que el pulque”, en un tiempo en que el pulque era la bebida del pueblo. Sus rutinas incluían chistes sobre impuestos impopulares y escenas cotidianas de la ciudad; por eso conectaba con el público y, a la vez, era tolerado por la élite porfiriana, incluido el propio Díaz.

El éxito se tradujo en infraestructura. Fuentes coinciden en que, hacia 1906–1907, el gobierno porfirista permitió a Bell establecer su Gran Circo en los terrenos del antiguo Hospicio de Pobres, sobre Avenida Juárez, frente a la Alameda Central; un complejo familiar donde actuaban también sus hijos y que se volvió hito del ocio capitalino. El predio, con los años, sería ocupado por el Hotel del Prado (derrumbado en 1985). El circo de Bell ayudó a consolidar el corredor de espectáculos del poniente del Centro, antecedente directo de la vida teatral y circense que décadas después animaría la zona. 

La relevancia histórica de Bell no depende de simpatizar con el Porfiriato. Importa porque representa la profesionalización del circo, la mezcla de públicos (del palco a la galería) y el uso del humor como espejo de la vida urbana. En el escenario, Bell capitalizó un lenguaje comprensible para el pueblo sin dejar de ser un espectáculo que la élite consumía. Esa doble pertenencia explica su longevidad y su figuración en la memoria de la ciudad. 

Un espejo con el trend de hoy

El actual trend de “payasos con Ojitos mentirosos” pone en pantalla una estética del barrio que denuncia precariedades y aspiraciones; Bell, en su tiempo, hizo algo parecido desde el circo: convertir desigualdades y tensiones urbanas en risa compartida. La diferencia es el contexto: entonces había dictadura y modernización desigual; hoy hay redes sociales y una economía creativa frágil que encuentra en esos códigos una forma de decir “aquí estamos”.

Richard o Ricardo Bell fue el payaso más influyente del Porfiriato: artista inglés, figura del Circo Orrín, empresario que montó su propio gran circo en Avenida Juárez y cómico capaz de cruzar clases sociales con un humor que rozaba la crítica. Su historia importa aunque no comulguemos con el régimen que lo aplaudió: explica cómo se formó el entretenimiento moderno en la Ciudad de México y cómo el escenario puede contener, al mismo tiempo, glamour y desigualdad. Cuando hoy vemos a miles pintarse de payasos y caminar con una cumbia dolida, conviene recordar que la risa, bien hecha, también es archivo: dice quiénes fuimos, quiénes somos y qué nos falta por arreglar.

Rodrigo Historias Chidas

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