Yo también juzgué a las mamás de la oficina… hasta que tuve hijos
Durante años confundí horarios extendidos, disponibilidad absoluta y presencia en eventos con compromiso profesional. Después fui mamá y entendí todo lo que puede ocurrir antes de que una mujer llegue a las 9:07 a la oficina. Una reflexión sobre maternidad, trabajo, empatía y liderazgo.
Hubo una época en mi vida profesional en la que yo era una mujer bastante comprensiva.
Comprensiva siempre y cuando llegaras temprano, contestaras el teléfono, fueras a todas las juntas, te quedaras hasta que terminara el evento, no tuvieras emergencias personales y, de preferencia, tu familia entendiera que el cierre mensual era más importante que ellos.
Una joya de ser humano.
Te puede interesar
Los Sentimientos de la Empresa
Yo veía a las mamás llegar corriendo a la oficina a las 9:07 y pensaba:
—¿Por qué siempre llegan tarde?
Siete minutos.
SIETE.
En mi cabeza aquello era prácticamente abandono de puesto.
Porque yo, desde la comodidad de mi absoluta ignorancia, pensaba que llevar a un niño a la escuela consistía en algo muy sencillo:
Despertarlo.
Vestirlo.
Subirlo al coche.
Dejarlo.
Irte.
JAJAJAJAJA
Después tuve hijos.
Y descubrí que salir de una casa con niños antes de las 7:00 de la mañana es una operación logística que haría llorar al director de Supply Chain de Amazon.
—Ponte los zapatos.
—No quiero esos.
—¿Dónde está tu suéter?
—No sé.
—¿Hiciste la tarea?
Silencio.
—¿HICISTE LA TAREA?
—Sí.
—¿Dónde está?
—No sé.
Excelente.
Son las 6:48.
A las 6:51 alguien necesita ir al baño.
A las 6:54 desapareció una calceta.
A las 6:57 recuerdan que hoy tenían que llevar una cartulina verde, tres fotografías tamaño infantil y una maqueta del sistema solar.
Y a las 9:07 llegas a la oficina.
Entonces aparece tu antigua versión, perfectamente peinada y con un café en la mano:
—¿Todo bien? Es que la junta empezaba a las nueve.
Sí, Patricia.
Todo perfecto.
Sobrevivimos.
También juzgué las citas con el pediatra
Esta era otra de mis favoritas.
—¿Otra vez tiene cita entre semana?
Porque aparentemente los niños deberían enfermarse exclusivamente sábados de 10:00 a 14:00.
Yo pensaba:
“¿No podría llevarlo después de trabajar?”
Claro.
Permíteme explicarle a la fiebre de 39 grados que tenemos junta de resultados y preguntarle si puede regresar el domingo.
Ahora entiendo que los niños tienen una habilidad extraordinaria para enfermarse exactamente cuando tienes: una presentación importante, una junta con Dirección, un cierre, un viaje o el día más complicado del trimestre.
Nunca un martes tranquilo.
Jamás.
Pero mi favorita era: “se va a su hora”
Confieso mi pecado corporativo.
Yo también pensé alguna vez:
—Son las seis y ya está guardando sus cosas.
Como si terminar tu jornada laboral a la hora establecida fuera una especie de falta administrativa.
En el mundo corporativo desarrollamos una matemática maravillosa:
Llegar diez minutos tarde = falta de compromiso.
Quedarte dos horas adicionales = pasión.
Irte a tu hora = poco engagement.
Quedarte hasta las diez de la noche = high potential.
Y entonces fui mamá.
Y entendí que para una madre las 6:00 p. m. no siempre significan:
“Ya me quiero ir.”
A veces significan:
“Tengo exactamente 47 minutos para cruzar media Ciudad de México antes de que cierren la guarde-ria y me cobren multa de $150 por cada 15 min de retraso.”
Porque la guardería no acepta:
“Perdón, estábamos alineando prioridades estratégicas.”
Te cobra recargo.
Y tu hijo tampoco entiende:
“Mamá estaba fortaleciendo sinergias interdepartamentales.”
Él entiende una cosa: todos se fueron y tú no llegaste.
Ahí descubrí que salir a tu hora no necesariamente significa que tu trabajo te importe menos.
A veces significa que hay alguien pequeño esperando que llegues.
También juzgué a las que no se quedaban al networking
—Nunca viene a los after.
—No convive.
—Debería hacer más relaciones.
—Así es difícil que tenga visibilidad.
Sí.
Porque nada demuestra mayor potencial ejecutivo que tomarte tres gin tonics con Finanzas un jueves a las nueve de la noche.
Después entendí que mientras unos están haciendo networking, muchas mamás están haciendo otra clase de networking:
—¿Ya cenaste?
—¿Terminaste la tarea?
—Métete a bañar.
—Lávate los dientes.
—Mamá, mañana necesito ir vestido de Benito Juárez.
Son las 10:37 p. m.
Por supuesto que sí.
Déjame revisar si Amazon Prime maneja Benito Juárez same day delivery.
Te puede interesar
“No eres tú, es la estructura”: bienvenido a la friendzone corporativa
Y luego llegó el home office
Antes me parecía poco profesional escuchar niños durante una llamada.
Hasta que un día estás hablando muy seriamente de EBITDA, estrategia y presupuesto mientras detrás de ti alguien grita:
—¡¡¡MAMÁAAAA, ÉL ME PEGÓ!!!
Mute.
—¡Estoy en una llamada!
Unmute.
—Como les comentaba, considero fundamental fortalecer el liderazgo emocional de nuestros equipos.
La maternidad es maravillosa para desarrollar congruencia.
Lo más incómodo de esta historia
No es descubrir lo difícil que es.
Es recordar a todas las mujeres que juzgué antes de saberlo.
La que llegaba tarde.
La que pedía salir antes.
La que faltaba porque su hijo estaba enfermo.
La que no podía viajar.
La que rechazaba una cena.
La que contestaba un correo mientras probablemente tenía a un niño colgado de una pierna.
Te puede interesar
Yo veía una conducta.
No veía todo lo que había sucedido antes de que esa mujer atravesara la puerta de la oficina.
Y ahí la maternidad me dio probablemente una de las mejores lecciones de liderazgo que he recibido: el contexto importa.
No significa bajar estándares.
No significa que tener hijos sea una licencia para incumplir.
Y tampoco significa que las mujeres sin hijos tengan menos responsabilidades fuera del trabajo.
Significa algo bastante más elemental: antes de concluir que alguien no está comprometido, quizá deberíamos preguntarnos qué está sosteniendo además del trabajo.
Porque todos llegamos a la oficina cargando una vida que los demás no ven.
Así que tengo una disculpa pendiente A todas aquellas compañeras y colegas que alguna vez vi salir corriendo y pensé:
“Qué poco comprometida.”
Perdón.
A las que juzgué porque llegaban con el pelo mojado, el desayuno en la mano y cara de haber vivido tres vidas antes de las nueve de la mañana:
Perdón.
A las que no fueron al after, al desayuno de networking o a la cena “importantísima”:
Perdón.
Yo no sabía.
Hoy sí.
Hoy sé que puedes dirigir un equipo, entregar resultados, construir una carrera y cinco minutos después estar buscando desesperadamente una cartulina verde porque mañana tu hijo tiene exposición.
Y que ninguna de esas dos mujeres es menos profesional que la otra.
Son la misma.
Por eso ahora, cuando una mamá entra corriendo a una junta y dice:
—Perdón, fue una mañana complicada.
Ya no pienso:
“¿Por qué no se organizó mejor?”
Pienso:“Esta mujer probablemente ya resolvió siete crisis antes de que nosotros abriéramos el primer Excel.”
Y, francamente, quizá deberíamos poner eso en su evaluación de desempeño.
Competencia: manejo de crisis.
Nivel: Experto.
Te puede interesar
Hasta que la junta nos separe: si yo voy a perder 90 minutos de mi vida, aquí sufriremos todos


